Descubre qué es la hepatitis D, cómo se transmite, por qué es la forma más grave de hepatitis viral y cuáles son los avances en su tratamiento y prevención.
Una hepatitis menos conocida, pero más peligrosa
Aunque es menos conocida que la hepatitis A, B o C, la hepatitis D —también llamada hepatitis Delta— es considerada la más grave de las infecciones virales hepáticas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que es la que presenta mayor riesgo de evolucionar hacia cirrosis o cáncer de hígado.
A diferencia de otros virus, el de la hepatitis D no puede actuar solo: necesita la presencia del virus de la hepatitis B para replicarse en el organismo. Esto significa que solo puede contraerse si previamente existe infección por hepatitis B. Una vez presente, la sobreinfección por hepatitis D acelera y agrava el daño hepático.

Transmisión y características del virus
La hepatitis D y la hepatitis B comparten vías de transmisión:
- Exposición a sangre infectada (transfusiones antiguas, agujas compartidas, procedimientos médicos no seguros).
- Relaciones sexuales sin protección con personas infectadas.
Aunque su prevalencia global es baja, existen regiones con mayor incidencia, como Mongolia, partes del sudeste asiático y la cuenca occidental del Amazonas. En España, se estima que afecta entre el 4 % y el 5 % de los pacientes con hepatitis B, y la vacunación contra esta última ha contribuido a reducir su presencia.
Consecuencias clínicas y síntomas
Las enfermedades hepáticas suelen ser silenciosas, y la hepatitis D no es la excepción. Sin embargo, cuando se desarrolla en personas con hepatitis B crónica, puede provocar:
- Ictericia (color amarillento en la piel y ojos).
- Náuseas y cansancio extremo.
- Elevación de transaminasas en análisis de sangre.
El riesgo es especialmente alto: entre el 40 % y 50 % de los pacientes diagnosticados ya presentan enfermedad hepática avanzada, y la probabilidad de desarrollar cáncer de hígado puede ser de tres a cuatro veces mayor que en quienes solo tienen hepatitis B.
Tratamiento y avances recientes
Durante años, la hepatitis D fue una enfermedad con opciones terapéuticas muy limitadas. Los antivirales usados contra la hepatitis B no son efectivos, y el interferón, durante mucho tiempo el único tratamiento disponible, presentaba baja eficacia (en torno al 25 %) y efectos secundarios importantes.
En 2020, se aprobó la bulevirtida, un medicamento que inhibe la entrada del virus D en las células hepáticas, reduciendo su replicación, normalizando la función hepática y mejorando la enfermedad en un número significativo de pacientes, con buena tolerancia.

Prevención: la clave está en la hepatitis B
La mejor forma de prevenir la hepatitis D es evitar la infección por hepatitis B, ya que sin ella el virus Delta no puede sobrevivir. La vacunación contra la hepatitis B es fundamental y ha demostrado reducir drásticamente la incidencia de ambas infecciones en países con programas de inmunización eficaces.
Llamado a la detección temprana
La OMS y especialistas en hepatología insisten en la importancia de realizar un cribado sistemático de hepatitis D en todos los pacientes con hepatitis B. El diagnóstico temprano permite iniciar tratamiento y reducir el riesgo de complicaciones graves como la cirrosis o el cáncer hepático.
Conclusión:
La hepatitis D es una infección poco frecuente, pero con un impacto clínico severo. Conocer sus riesgos, fomentar la vacunación contra la hepatitis B y mejorar la detección precoz son pasos esenciales para frenar su avance y proteger la salud hepática.





